sábado, 15 de julio de 2017

Málaga: Un bando prohibió andar por la izquierda en 1940



Al franquismo la izquierda no le gustaba ni para andar por las calles. Dentro de las medidas que fijó para endurecer el orden y controlar la moral, decretó la obligatoriedad de que los peatones caminasen por la parte derecha de la acera. Un bando del Ayuntamiento de Málaga, emitido el 12 de abril de 1940, establecía esa norma. Los infractores se arriesgaban, en caso de ser cogidos, a multas de hasta cinco pesetas. Los guardias municipales se encargaban de vigilar el cumplimiento del bando y de imponer las sanciones a los transeúntes que fuesen por la izquierda.

Según se indica en la edición de SUR del 18 abril de 1940, en cinco días se pusieron sanciones por valor de casi 3.000 pesetas. Los agentes del orden, talonario en mano, se acercaban a los viandantes que vulneraban el bando y les hacían pagar el importe correspondiente por su desobediencia. Los hombres eran más reacios que las mujeres a caminar siempre por la derecha.

Se produjeron infinidad de anécdotas, desde el individuo que salía corriendo para no abonar la multa cuando el policía le sorprendía infringiendo la norma hasta los que discutían y porfiaban con la finalidad de que se les perdonase la sanción. Valga el siguiente testimonio de un guardia municipal de la época para saber qué les sucedía a los que hacían caso omiso de la obligatoriedad de ir por la derecha de la acera. «El otro día tuve que llevar a la Aduana a un señor que se empeñó en pasar por la calle de Larios por su mano izquierda. Armó tal escándalo que la gente se arremolinó y, al final, tuvo que pagar el máximo de multa: cinco pesetas».

Control de los bañistas
No solo se vigilaba la circulación por las calles, las playas también se sometieron a un marcaje exhaustivo. En junio de 1940, el entonces gobernador civil de la provincia, José Luis de Arrese, mandó a los alcaldes de los municipios costeros que velasen por el cumplimiento de una orden sobre la moral y el decoro que tenían que seguir los bañistas. De ese modo, hombres y mujeres debían estar en zonas separadas de la playa. Asimismo, se prohibió que las féminas usasen bañadores masculinos. En el caso de los hombres, no estaba permitido el traje de baño que era solo un pantalón.

Otro punto de la orden gubernamental impedía que las personas salieran de la zona habilitada para el baño en bañador o en albornoz. Tampoco se autorizaba que para tomar el sol se luciese un traje de baño más pequeño que el empleado para meterse en el mar.

Los alcaldes contaban con potestad para fijar multas que oscilaban entre las 10 y las 500 pesetas a los bañistas que se saltaban las normas. Además de tener que pagar la sanción, el nombre de los infractores se publicaba en la prensa para que todo el mundo lo supiese.

El franquismo contó con la ayuda de la Iglesia católica en las cuestiones relacionadas con la moral. Se trataba de controlar tanto la vida pública como la privada de la población. Los malagueños díscolos ya sabían a qué se atenían: a la multa y a ser señalados con el dedo inflexible de la censura.

http://www.diariosur.es/v/20110109/malaga/bando-prohibio-andar-izquierda-20110109.html

sábado, 8 de julio de 2017

El tonelero que disparó contra Alfonso XII en 1878


Juan Oliva Moncasí
Era el 25 de octubre de 1878 cuando el rey Alfonso XII estuvo a punto de morir por los disparos de pistola que efectuó un individuo a su paso por la calle Mayor, ya de regreso al palacio real en la calle Bailén. A unos 150 metros, años después, en 1906, su hijo Alfonso XIII también salió ileso de la bomba lanzada por Mateo Morral desde un quinto piso de la misma calle, pero entonces murieron muchas personas. Era el primero de los atentados que sufrió el joven monarca; el segundo vino un año después, también en Madrid por dos disparos de un joven panadero gallego de 20 años.
Era aquel 1878 el cuarto de su reinado, y también el más feliz y el más triste. A comienzos de año se había casado con la jovencísima María de la Mercedes de Orleans, su prima, que murió enferma en menos de tres meses, el 26 de junio, hechos aquellos de extraordinario impacto social, en la calle, en la prensa y entre los políticos. La popularidad del rey, acaso unido a su juventud y sencillez, iba en aumento conforme avanzaba su reinado, que resultó corto. No hubo otro caso igual en la monarquía española, a excepción de su hermana Isabel de Borbón –La Chata-, único miembro de la familia real que fue invitado a no abandonar España por el gobierno provisional de la segunda república.
El atentado contra Alfonso XII, sin dejar de ser grave aun habiendo saliendo ileso, apenas tuvo trascendencia en la prensa, incluido el desarrollo del juicio sumarísimo que llevó al regicida frustrado al garrote vil, lo que no se entiende muy bien dado que otros, también sin consecuencias, fueron mucho más sonados. Los atentados eran frecuentes en toda Europa en las tres últimas décadas del siglo XIX, parte de los cuales cometidos por individuos fanatizados que obraban por su cuenta. La proliferación también tenía que ver siendo tan fácil acercarse a reyes y jefes de gobierno. En cualquier caso, la acción asesina de Juan Oliva careció de relevancia incluso para el pueblo de Madrid, que apenas mostró escaso interés por asistir a la ejecución en el Campo de Guardias de Chamberí, todo lo contrario de las anteriores de Luis Candelas, Rafael de Riego, Diego de León y El Cura Merino.
El atentado ocurrió en la calle Mayor por la tarde ante la Farmacia de la Reina Madre, la más antigua de Madrid, cuando un individuo de 23 años, tonelero tarraconense venido expresamente a la capital, le disparó dos tiros con pistola de dos cañones, aunque fallando ambos. Otros habían dicho que fueron tres los disparos. Nadie resultó herido, lo cual hay que tomarlo como un milagro dada la afluencia de gente en la calle. La impericia de aquel Juan Oliva con el manejo del arma, la tensión a que estaría sometido y el hecho mismo de que el objetivo, el rey, pasase a caballo, es decir, que estuviese en movimiento, fueron factores determinantes para que no ocurriera nada. Se dijo también que se salvó porque una anciana logró sujetar el brazo de Oliva un segundo antes, lo cual resulta casi inverosímil en esa clase acciones casi instantáneas ante las que nadie reacciona.
Alfonso XII era rey de España desde 1874, desde dos años antes de que terminase la tercera guerra carlista a la que puso fin, de ahí el apelativo de Pacificador. No se decía entonces, pero la realidad indicaba que el pueblo no lo aclamaba tanto por el hecho de ser rey, sino por afecto viéndolo tan joven y por los muchos sentimientos que concitó haberse quedado viudo al poco de casarse. Había nacido también la veneración por la joven reina muerta de 16 años, que sigue atrayendo las miradas de los visitantes en su nicho de la Catedral de la Almudena.
Aquella tarde del 25 de octubre el rey desfiló por las calles de Madrid acompañado por las tropas que habían participado en unas maniobras por tierras abulenses. Aquella clase de actos oficiales siempre concitaba la curiosidad popular, al tiempo que atraía los riesgos de visionarios y anarquistas obnubilados por consignas irracionales, pero aun así no se tomaban medidas para tratar de impedirlo. Alfonso XII, por ejemplo, era un paseante asiduo del Retiro en carruaje descubierto, de donde regresa a palacio siempre por las mismas calles.
Octubre de 1878. Alfonso XII tenía tan solo 21 años. Su asesino frustrado, 23, de profesión tonelero, vecino de Cabra del Camp, Tarragona, llamado Juan Oliva Moncasí, nacido el 15 de noviembre de 1855. Oliva había llegado a Madrid una semana antes, y enseguida se dispuso a buscar el lugar del atentado. El día elegido, por la mañana, entró en un café, donde escribió las últimas líneas de un diario que se le ocupó, en el que contaba los pormenores del atentado. Cualquier punto de la estrecha calle Mayor le hubiera valido, y eligió uno como podía haber elegido otro, acaso porque observó que no había ningún guardia en derredor. El lugar fue la acera de la Farmacia de la Reina Madre, hoy situada en el número 59.
Pero Oliva erró los dos tiros. No tuvo tiempo ni humor para cargarla de nuevo. Fue detenido allí mismo en plena calle Mayor. El rey apenas se enteró, obligado entonces a proseguir apresurado en dirección a palacio. Oliva confesó a la policía que era republicano federal, que el atentado no se lo había comunicado a nadie y que fue hecho por propia y exclusiva voluntad, no por odio a la persona del rey, sino a la tiranía que representaba. Razonamientos propios de una mentalidad anarquista de época. En el juicio fueron nombrados cuatro facultativos, dos por la defensa y dos forenses por el juzgado. Tres declararon que no habían hallado en Juan Oliva síntoma, signo ni acto alguno que demostrase perturbación de sus facultades intelectuales y afectivas, pero sí se pusieron de acuerdo en que el acto criminal, aunque fue producto del fanatismo doctrinario, había que situarlo bajo el dominio de su libre albedrío.
Juzgado en Madrid el 12 de noviembre de 1878, la sentencia la impuso el juez de primera instancia del distrito de Palacio, que calificó el acto como delito frustrado de lesa majestad contra la vida del rey, con las circunstancias agravantes de alevosía y premeditación conocida, condenándolo a la pena de muerte, sentencia que confirmó la Sala de lo Criminal de la Audiencia, matizando que los hechos probados constituían un delito de regicidio frustrado sin circunstancias atenuantes, por lo que lo condenaba a la pena de muerte en garrote, lo que se llevó a cabo el 4 de enero de 1879 en el Campo de Guardias de Chamberí, terrenos que ocupan los depósitos e instalaciones del Canal de Isabel II entre las calles Bravo Murillo y Santa Engracia.
Al cabo de unos días, el rey recibió en audiencia particular al abogado defensor de Oliva, Jiménez del Cerro, al procurador de la Audiencia, Manuel de Elías, y al hermano del acusado, Gregorio, que le presentaron los pliegos de firmas recogidas para la conmutación de la pena. El rey les prometió que pediría al Presidente del Consejo de Ministros el indulto. Antonio Cánovas del Castillo, una vez conocida la sentencia última del Tribunal Supremo, la llevó a debate a su gobierno, pero al margen de trámites y peticiones de clemencia, lo cierto es que Oliva rechazó cualquier intento de petición de indulto. Asumía plenamente los hechos.

martes, 4 de julio de 2017

Hasta siempre amigo!!!

El activista Lagarder abandona España: "Fui condenado por el franquismo"
Se hace efectiva la orden de expulsión contra él, de diciembre de 2016,cuando salió de los calabozos de Málaga donde fue detenido por agredir y morder a un policía.

"Hoy, después de 13 años, tengo que dejar este país. Este país fui condenado (sic) por el franquismo que aún sigue vivo, este país que desprecia los derechos de las minorías y de tantísima gente que está sufriendo, este país que pisotea los derechos de tantísima gente que todavía en el siglo XXI están en la cuneta. La buena noticia es que volveré" asegura Lagarder a través de un vídeo en Twitter.
Importante mensaje para los fachas de España...
Queridos fachas hoy dejo España, el país donde sigue reinando el franquismo y la corrupción. Me voy pero nunca callare, NUNCA . http://www.huffingtonpost.es/2017/07/04/el-activista-lagarder-abandona-espana-fui-condenado-por-el-fra_a_23015424/https://www.facebook.com/lagarder81/?ref=br_rs